Historia del municipio
La Prehistoria
Siguiendo un criterio puramente cronológico, nos centraremos en primer lugar en la Prehistoria del término municipal de Reocín. En este apartado destaca la importancia de la primera Carta Arqueológica de Cantabria realizada por los prehistoriadores D. Emilio Muñoz Fernández y Dña. Carmen San Miguel Llamosas. En dicha obra, sus autores elaboraron un compendio de un gran número de yacimientos prehistóricos de la región, en el que aparecen citados varios hallados en el Municipio que nos ocupa, tales como la cueva de la Peña Caranceja, un hallazgo efectuado detrás de dicha cavidad, la cueva del Giboso, la cueva de Escuvies, la cueva de Los Osos, la cueva del Hoyo de los Herreros, la cueva de La Clotilde, y la cueva de La Estación.
Las prospecciones y/o las excavaciones que se realizaron en estas cavidades produjeron como resultado la recuperación de escasos materiales arqueológicos tales como útiles líticos o restos óseos de animales. La poca cantidad y la tosca realización de los primeros, nos induce a pensar en asentamientos u ocupaciones temporales por parte de grupos humanos cuya técnica lítica no había alcanzado aún el cenit de la complejidad funcional que se ha podido comprobar en otros yacimientos de la región; por su parte, la gran escasez de los segundos, y el pendiente estudio en laboratorios de las marcas de descarnizado -si es que las hubiera-, no nos permite confirmar si el aprovechamiento cárnico de los animales encontrados en el interior de las cuevas, responde a la actividad de depredadores, o es el resultado de la práctica cinegética de los grupos de cazadores-recolectores de entonces; de ser ésta última hipótesis la causa real, podemos admitir la breve temporalidad de las ocupaciones prehistóricas en los refugios kársticos de Reocín, debido a la casi nula representatividad de restos de fauna consumida.
No obstante, las cuevas más importantes del territorio local son, sin duda alguna, la cueva de La Clotilde, también conocida como La Lora, y la cueva de La Estación, descubiertas a principios del siglo XX. Estas cavidades conservan en su interior un tesoro cultural relevante: representaciones de arte rupestre paleolítico obtenidas mediante la técnica del grabado sobre soporte parietal blando (caliza en descomposición); debido a este singular contenido artístico, ambas cavidades fueron reconocidas, según la Ley de Patrimonio de 25 de junio de 1985, como Bienes de Interés Cultural, categoría que les confiere una garantía más específica de protección legal. Sin embargo, y a pesar de ello, la mayoría de las figuraciones animalísticas representadas (sobre todos los uros y la cabeza de un felino), han sido objeto de actos vandálicos por parte de personas carentes de sensibilidad cultural hacia el patrimonio subterráneo, que han pasado sus dedos por encima hiriendo, de ese modo, la armónica visión de las figuras. La fragilidad de las paredes sobre las que aparece el arte rupestre es motivo también de sucesivos desconchamientos calcíticos que van destruyendo, aleatoriamente, el soporte en el que aparecen los grabados.